Cuando tu cliente descubre el engaño

¡Qué momento tan interesante!
Como de niño chico siempre me decían que tocar el frigorífico descalzo supondría mi muerte inmediata nunca me atreví a tocarlo.
Y cuando un día me apoyé descalzo en él, me consideré el tipo más suertudo del mundo.
Después comprendí que esa creencia era una exageración porque los electrodomésticos salían de fábrica con una toma de tierra de puta madre.
Pero como puede haber un fallo de fabricación, o el suelo estar húmedo, o vete a saber lo que puede pasar con la electricidad, sigo manteniendo mi prudencia con estos aparatos.
Y como las tonterías las vamos pasando de generación en generación, cuando mis hijos eran pequeños también les conté la milonga de que si tocas el frigorífico descalzo te electrocutas.
Ipso facto.
El niño hacía caso pero la niña un día me desafió.
Y mirándome con descaro para que me fijase en sus pies y en sus manos, acercándose poco a poco a la puerta de la nevera, sin perderme la vista hasta posar sus dos palmas con fuerza.
Papá, me has engañado.
Y ayer mismo comprobé otro engaño histórico.
Cuando cocino suelo hacer para congelar y tenerlo listo otro día. Pues bien, saqué del congelador lo que pensé que era fondo de pescado con sus avíos para fideuá.
Pero no, porque eran manitas de cerdo, y sólo me di cuenta cuando estaban descongeladas.
Así que sin decir nada a nadie las volví a congelar tal cual estaban y continué con una nueva fideuá.
Veremos qué pasa cuando nos comamos las manitas y a ver qué dice la gente.
Y la gente se chupó los dedos como si estuvieran recién hechas, mientras dudo si sacarlos del engaño o guardármelo como oro en paño.
No se engaña a un cliente.
Bajo ningún concepto.
En ninguna circunstancia.
¿Estamos?
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